Ricardo Fort
explotador de
trabajadores
Cuando Menem decía en el
‘89 que iba a gobernar
para “los niños pobres
que tienen hambre y los
niños ricos que tienen
tristeza”, Ricardito
tenía 20 años. Su padre,
Carlos, llevaba décadas
manejando la fábrica que
fundara en 1912 el viejo
Felipe. Hoy, 20 años
después, don Carlos ya
no está, Menem sólo hizo
felices a los niños
ricos, y Ricardo sigue
disfrutando la fortuna
que día a día genera la
explotación de cientos
de personas.
Y aunque durante el
menemismo haya vivido en
Miami, asegura que “en
los ’90 podíamos caminar
sin seguridad y no había
la delincuencia que hay
ahora”.
Hace semanas satura la
pantalla cantando,
bailando y viajando por
el mundo con una cohorte
de chetos a sueldo. Pero
por más que sus bíceps
recargados y sus
cirugías al por mayor
lloren y se
sensibilicen, Ricardo
Fort no puede esconder
lo que es; la
exacerbación decante de
la clase capitalista.
A puro pulmón… ajeno
Cuando le reprochan la
ostentación que hace de
su fortuna él responde
que su familia “hizo la
plata a puro pulmón”.
Pero Ricky jamás podrá
engañar a los cientos de
hombres y mujeres que en
la planta de Almagro
producen “delicias” como
Jack, Paragüitas o
CerealFort. Menos aún a
los miles que ya no
están allí, los que
fueron despedidos
gracias a los contratos
basura y la
flexibilización vigente
desde hace veinte años.
De las 700 personas que
hoy emplea Felfort, la
mitad está contratada
por “agencia”,
trabajando en estas
condiciones desde hace
años. Mientras un
efectivo cobra $14 la
hora, por igual tarea un
contratado percibe
$9,85. Es decir, ni
siquiera alcanza los
$2000 mensuales.
Y a las pagas miserables
se suman jornadas
extenuantes y pésimas
condiciones.
Ricky muestra sus botas
de U$S2.500 compradas en
EE.UU., mientras a sus
operarios ni siquiera se
les dan zapatos de
seguridad. Así, los
dedos aplastados y hasta
mutilados por pesados
cajones son moneda
corriente. A Fort
también le apasionan los
relojes. Por eso se
pasea con un Rolex de
oro y brillantes, traído
de Las Vegas. Pero las
agujas que más le
preocupan a su familia
son las que marcan los
ritmos de producción.
Para Pascuas, por
ejemplo, en la fábrica
todo se acelera. Cuando
se acerca la fecha y los
capataces pasan con las
planillas, quien rechace
el “ofrecimiento” de
horas extras sabe que
tiene el despido
asegurado. Si se quiere
mantener el puesto,
nadie puede negarse a
cumplir jornadas de
hasta 12 horas.
Como Jack, el
destripador
Ricardo asegura que es
como todos los mortales.
Sin embargo para él no
todas las vidas tienen
el mismo valor.
Mientras contrató a un
equipo de niñeras para
criar a los mellizos que
adquirió en una empresa
de genética
californiana, en su
fábrica la vida vale
menos que un Jack.
Viviana trabajó allí y
lo sufrió en carne
propia. “Cuando quedé
embarazada tuve que
ocultarlo, si lo decía
antes de los 3 meses me
echaban. Cuando declaré
el embarazo y presenté
los papeles, me echaron
igual. Me sacaron a los
empujones y me largaron
sin un peso. Por haber
levantado los cajones y
trabajar parada desde el
cuarto mes tuve que
hacer reposo por amenaza
de aborto”.
Ricky cuenta que de
chico jugaba entre los
muñequitos de Jack que
llenaban un gran piletón
de la fábrica. A Viviana
entonces la invaden los
recuerdos y la bronca.
“Nos rompíamos las manos
envasando, terminábamos
con tendinitis y nos
cortábamos todas con
esos muñequitos”. Y
agrega: “había que
levantar los cajones de
cereal, y después de 8
horas terminábamos con
lumbalgias, dolores en
la espalda y todo el
cuerpo”.
Para las mujeres (que
son mayoría en Felfort)
los abusos además
exceden las condiciones
de trabajo. Los acosos
de capataces y
supervisores son una
constante. Y hasta ex
empleados aseguran que
en el último piso de la
planta, sobre todo
durante el turno noche,
se habría producido más
de una violación.
Ratas
“Ponían cartones con
pegamento debajo de las
máquinas para atrapar a
las ratas”; “habían
cucarachas entre la
mercadería y nos hacían
levantar la que se caía
al piso para envasarla
igual”; “esa fábrica
adentro es un infierno”.
Todos los que pasaron
por Felfort coinciden en
los comentarios. Las
ratas y Ricky se
parecen. Unas viven de
los residuos fabriles,
el otro del sacrificio
de los demás.
Cuando Fort muestra sus
lujos algunos parecen
indignarse y responde a
tamaña impudicia con
frases éticas y
progresistas. “En un
país lleno de pobres
mostrarse así es
escandaloso”, dicen.
Pero el rechazo a la
ostentación noventista
termina cuando esos
mismos progres aceptan
sin chistar los millones
que otros Rickys les
ofrecen en auspicios y
publicidades.
Sin embargo, apenas un
reality show y algunas
excentricidades
diferencian a Fort de
otros millonarios como
Fernández (Alfajores
Jorgito), Georgalos o
Pagani (Arcor).
Él no quería ser un
ignoto millonario, y ahí
estaban Tinelli,
Sofovich y Fantino para
intentar convertir su
“estilo de vida” en un
objeto de deseo masivo.
Pero llegará el día que
las ratas serán
arrasadas. Porque los
oprimidos descubrirán
que todas ellas, gasten
o no sus fortunas por
TV, son parte de la
misma clase explotadora
que día a día acumula
sus ganancias a costa de
la sangre obrera.
El testimonio de Viviana
fue recogido del
programa radial Pateando
El Tablero, emisión del
sábado 5 de Diciembre,
Splendid AM 990.
El resto de los
testimonios, sobre los
que se preservan la
identidad por razones
obvias, fueron recogidos
entre trabajadores
actuales y ex empleados
de la empresa Felfort.
Daniel Satur
La Verdad Obrera
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